hit
counter
COLUMNAS: La Última...
Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
noviembre 12, 2019

Bolivia

Bolivia es un mensaje para el resto de América Latina. Evo Morales fue un gobernante con buenos números en el combate a la pobreza, al analfabetismo, crecimiento económico con inclusión, además, la construcción de estabilidad sin violencia desde el Estado. Algo que no es menor, sobre todo si recordamos que de 2001 a 2005 Bolivia tuvo varios presidentes que no pudieron terminar su mandato, entre ellos el dictador Hugo Banzer Suárez, el conservador Tuto Quiroga, el liberal Sánchez de Lozada, y Carlos Mesa, actual candidato de la oposición.

¿Dónde estuvo el punto de quiebre? ¿En qué momento Evo perdió parte de su apoyo social?

Todo se remonta al referéndum del 2016, donde la ciudadanía rechazo la posibilidad de una nueva reelección, el líder indígena no escuchó, decidió presentarse en las elecciones de octubre, la derecha creó una estrategia para cuestionar la legitimidad de su candidatura, estrategia que reavivó la profunda fractura social que históricamente ha marcado a esta Nación.

La noche del 20 del mes pasado, el sistema electrónico anunciaba un resultado cerrado, con Evo a la cabeza, pero sin los votos necesarios para evadir la segunda vuelta. Por la mañana todo cambio, los números le daban una ventaja clara al mandatario, quien proclamó su triunfo a pesar de la sospecha de fraude.

El oficialismo y la extrema derecha se enfrascaron en una confrontación que polarizó al país, aceleraron el conflicto. El presidente se atrincheró y denunció en repetidas ocasiones un intento de golpe de Estado, que achacó a fuerzas internas y externas. Mientras tanto, los líderes de las protestas sembraron el caos en las calles, rechazaron cualquier hipótesis de diálogo y no se conformaron con la convocatoria de nuevas elecciones.

Acorralados por las protestas en su contra y abandonados por las fuerzas armadas, la policía e incluso por sus más cercanos colaboradores, el presidente de Bolivia, Evo Morales, y el vicepresidente, Álvaro García Linera, renunciaron este domingo a sus cargos. La oposición ultraconservadora asumió el control.

Morales se equivocó al no escuchar, ese error de la clase gobernante, de los personajes que piensan o creen que un país no puede seguir sin ellos, que ellos son el país. “Vanidad mi pecado favorito”. Esto abrió la puerta a una derecha ultraconservadora que había sido expulsada del poder y que durante muchos años fue construyendo el escenario perfecto para dar la asonada.

Todo esto se pudo haber evitado, pero empoderada la oposición se negó a la tregua propuesta por un forzado Morales, quien aceptó la repetición de las elecciones, de esa forma mostrando que no le interesaba bajar la tensión política sino sacar ventaja de ella. Luis Fernando Camacho, el ultraconservador dirigente hizo a un lado a Carlos Mesa y exigió la salida del presidente. En este marco apareció el ejército para definir quien gobernara Bolivia.

Que Evo Morales no haya podido terminar su mandato, que era hasta 2020, es algo muy malo para la región. Existieron dos puntos de bifurcación que podrían haber evitado este final, pero ahí está una vez más Bolivia, sumida en un estado de violencia y anarquía que recuerdan a los peores años de su historia política.

Lo que está viviendo Bolivia no es malo para unos y bueno para otros, es malo para todo el sistema democrático y su estabilidad política de la región. La derecha dividida, la izquierda dividida, la sociedad dividida.  Los militares no pueden definir cambios de gobierno en América Latina. Esa época ya se vivió y fue una tragedia. Un pasado que no pasa.

Twitter: Jesús Escobar Tovar/ @jet1403