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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
febrero 6, 2019

Entre socios y compadres

El juicio a Joaquín el Chapo Guzmán en EUA, confirmó lo que era un secreto a voces: hasta dónde la política y el crimen organizado son uno solo, esa simbiosis que ha hundido a México en un océano de sangre, dolor, violencia del que no se ve una salida ni fácil ni rápida.

El llamado Juicio del Siglo viene a confirmar cómo en aquel lado de la frontera también aplican la tan famosa frase, rasca mi espalda que rascaré la tuya. Pero además nos da elementos para, de una vez por todas, dejar de santificar a criminales.

De entrada, es poco probable que las acusaciones lanzadas por testigos de la Fiscalía de Nueva York deriven en investigaciones, principalmente porque al Gobierno norteamericano no le interesa indagar demasiado ya que, al jalar el hilo, irremediablemente se topará con la actuación de la DEA, CIA o FBI.

Aunque Jesús Zambada señalara directamente a Genaro García Luna de recibir sobornos, de que un testigo revelara que Enrique Peña fue comprado con dinero del narco. La Fiscalía de inmediato operó para que esto no trascendiera. ¿Cómo? Simplemente no aportaron ninguna prueba contundente.

El objetivo ha sido muy claro desde un principio, condenar al Chapo al menor costo político para ambos países, y las agencias gubernamentales, además de defender una guerra brutal de la que EUA es cómplice.

Ahí están las denuncias periodísticas que corroboran que los fiscales del Gobierno estadounidense intercedieron para censurar nuevas revelaciones que “pudieran perjudicar relaciones diplomáticas” con otros países. Rechazaron considerar testimonios que aludieran a la corrupción de agentes judiciales de Estados Unidos y a la colusión con el narcotráfico de políticos, policías y militares mexicanos.

La participación de la DEA en la captura del capo, la relación entre Vicente Zambada y la DEA, el Operativo Rápido y Furioso, la venta de aviones de la CIA al narco, pasaron de noche o fueron ignorados.  Mucho menos se abordó la adicción a la droga por parte de la sociedad norteamericana.

Sin embargo, el Chapo no construyó de la nada el imperio criminal que es el Cártel de Sinaloa, ni pudo andar 13 años prófugo, ni traficar miles y miles de toneladas de droga a EUA, sin protección oficial, negarlo es como negar que el sol sale por la mañana.

¿Dónde están los empresarios que lavan dinero, los agentes inmobiliarios, los abogados?

Las agencias gubernamentales estadounidenses juegan un papel mucho más perverso de lo que se percibe. Hay mucha información que no “deja bien paradas” a la DEA y a la CIA. Ambas han tenido un acceso sin precedente al juego del narco en México desde hace por lo menos doce años.

Tristemente este juicio ocupó más la atención por las tramas de telenovela, sangre, sexo, dinero y traición; la narrativa con precisión cinematográfica. Lista para una nueva temporada de Narcos o de las series que le encanta producir a Epigmenio Ibarra, el flamante productor favorito de Morena.

La revelación de que Guzmán Loera tenía sexo con menores, tampoco sorprende, quienes han estudiado el mundo criminal saben que estos sujetos son bestias, seres que han dejado de lado la humanidad, la empatía, la decencia. Capaces de los crímenes más atroces, alejados de esa figura de Robin Hood moderno, que justifican su pobreza moral en su pobreza económica.

La justicia dejó pasar una oportunidad única para golpear realmente al narcotráfico, a la narco-política, a la narco-economía, la pregunta es, ¿de verdad era esa su intención? ¿Extraditar al Chapo era para desmantelar al Cártel de Sinaloa o para dar un mensaje de que nadie se salga del huacal? ¿Se quiso hacer justicia o agregar un capítulo más a las narco-series?

Este juicio pasa a la historia como el que pudo haber sido y no fue.