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Jesús Escobar
Jesús Escobar
Conductor de espacios informativos
febrero 27, 2019

México frente a su espejo

La película Roma, más allá de su calidad cinematográfica, vino a desnudar el racismo con el que está construido la estructura social de nuestro país. El fenómeno Yalitza nos puso frente a un espejo en el que no nos gusta mirarnos, que nos cuesta mucho aceptar.

Las declaraciones de actores de calidad discutible como Sergio Goyri, Laura Zapata o Patricia Reyes Spíndola, minimizando el éxito de la joven maestra, no muestra más que ese clasismo que nos lleva a ofender de manera sistemática a quien consideramos menos que nosotros, que no merecen que la vida les sonría.

En 2017 el INEGI presentó un estudio que nos pintó de cuerpo entero. Se comprobó, empíricamente, lo que todos sospechábamos: la raza sí importa en las oportunidades para mejorar el nivel de riqueza y bienestar social de una persona.

Con una muestra gigante en casi 32 mil viviendas con representatividad nacional, urbana y rural, se aplicó “una escala cromática que incluye una clasificación de color piel, la cual se retomó de la utilizada por el Proyecto sobre Etnicidad y Raza en América Latina. Esta escala cromática incluyó once tonalidades de piel, siendo A el más oscuro y K el más blanco, con el propósito de que el propio entrevistado(a) identificara su color de piel”.

“De las personas que se auto clasificaron en las tonalidades de piel más claras (de la I a la K), solo 10 por ciento no cuenta con algún nivel de escolaridad, mientras que para las personas que se auto clasificaron en las tonalidades de piel más oscuras (de la C a la A), 20.2 por ciento se encuentra sin instrucción”.

La sociedad mexicana es aspiracional. Eso significa que asociamos la blancura con el éxito y la riqueza. Ser moreno a menudo se relaciona con la pobreza y la marginación. Eso puede explicar un poco por qué el país ha sido abierto con las migraciones intelectuales y de clase media de Sudamérica o España, y por qué se ha mostrado tan negativo con los desplazados

El racismo es una cuestión estructural ejercida a diario y de la que nadie escapa; sin embargo, al ser confrontados con esta realidad los mexicanos muestran sorpresa y argumentan “nosotros no somos racistas¨.

Y es que, según la creencia popular, el mexicano no puede ser racista porque es mestizo. ¿O cómo puede alguien creer en la pureza racial cuando el origen de su pueblo es una mezcla de distintas culturas?

El mestizaje es una historia nacional, y hay que profundizar y revisar el término, porque el modelo que prevalece es occidental: la idea es que entre menos mezclados y más blancos, somos mejores.  Una costumbre que practicamos siempre de manera vergonzante y que negamos con ahínco en caso de que alguien nos la achaque. 

Vivimos en una sociedad donde se discrimina al moreno, al pobre, al estudiante de escuela pública. Nos movemos en un sistema que está diseñado para excluir, sin tregua, a las clases sociales más desfavorecidas. El racismo aquí opera como un fenómeno de clases. Tenemos a una clase media que hoy debate en Twitter qué tan racistas somos, pero todavía tenemos 50 millones de mexicanos que ni siquiera tienen acceso a Internet.

En 1925 apareció “La raza cósmica”, obra en la que José Vasconcelos proponía que América era el sitio propicio para que el ser humano se mezclara y alcanzara la unidad, pero no de manera azarosa, sino dirigida. De hecho, para el filósofo, el blanco estaba destinado a aportar su genio, el negro su sensibilidad musical y el indígena su capacidad de ser puente al mestizaje.

Este mestizaje controlado derrumba uno de nuestros más grandes mitos: el de México como país de puertas abiertas, pues si bien es cierto que recibió al exilio español y a los argentinos, chilenos y uruguayos que huían de la dictadura, la historia oficial nos oculta que en 1919 prohibió la entrada a rusos y polacos; en 1921 a los chinos; poco después a africanos, árabes y gitanos, y en 1934 negó el desembarque de judíos

El último ejemplo: las expresiones contra los miles de centroamericanos que han ingresado en los recientes meses.

Alguna vez escribió Eduardo Galeano: “El racismo se justifica, como el machismo, por la herencia genética: los pobres no están jodidos por culpa de la historia, sino por obra de la biología. En la sangre llevan su destino.”

Hoy, el país que se fundó en un sistema de división de castas se debate entre la congruencia y la hipocresía.

Twitter: @jet1403



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